Ven Espíritu Santo, y renueva la faz de la tierra!

Quienes somos
San Ignacio de Loyola, peregrino y guía

1. El caballero

Vocación jesuita

Nació en 1491 en Loyola, y fue bautizado con el nombre de Iñigo Lopez de Loyola. Cumplidos los quince años, su padre lo mandó a Arévalo para ponerse al servicio del Contador mayor de Castilla. Allí Iñigo vivió unos once años en un ambiente de muy alta cultura. Sin embargo, estos años también representan para él una relajación de las buenas costumbres. Él dirá de sí mismo que “hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra”. En 1516 Iñigo pierde a su protector y va a ofrecer sus servicios al duque de Nájera y virrey de Navarra, quien le contrató como su escudero.

2. Cambio de sentido

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En 1521, defendiendo la fortaleza de Pamplona, una bala de cañón le destroza una pierna y le hiere la otra. Su convalecencia en Loyola fue decisiva para su futuro. Ya que en la casa no se hallaban las novelas de su gusto, tuvo que conformarse con una vida de Jesús y vidas de santos. Aquel caballero acostumbrado a sueños de grandes proezas, algunas veces se entretenía soñando con aquellas heroicidades que pensaba hacer por el amor de una gran dama. Pero también las lecturas le sumergían en otros pensamientos: “Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo que hacer. San Francisco hizo esto, pues yo lo tengo que hacer”. Por fin, se da cuenta de que los pensamientos de hacer gestas caballerescas le dejaban vacío, a diferencia de los otros, que lo dejaban contento. Descubre algo fundamental en la vida espiritual que determinará su camino posterior: “tomando por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban, el uno del demonio y el otro de Dios”. El toque de Dios se distingue por dar paz y gozo profundos y auténticos. El resultado de estos movimientos interiores es la firme decisión de cambiar el sentido de su vida. Decide ir de peregrinación a Tierra Santa, haciendo penitencia por sus pecados pasados.

3. Inicia un largo peregrinaje

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Marcha de Loyola contra el parecer de su hermano mayor. En su camino hace una parada para velar en oración ante la Virgen de Aranzazu. Luego se dirige a Barcelona con el propósito de embarcarse a Jerusalén. Pasa por el santuario de Montserrat donde se reconcilia con Dios. Después, dio sus ricas ropas a un pobre y “se vistió de su deseado vestido y se fue a hincar de rodillas delante del altar de Nuestra Señora; y unas veces de esta manera y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche”. Allí dejó, a los pies de la Virgen de Montserrat, su espada.

4. Manresa

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Va a Manresa, vive en un hospital. Aquí empezó a escribir los “Ejercicios Espirituales”. Allí, Dios tomó a Íñigo por su cuenta y “le trataba de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole”. Iñigo pasaba largas horas haciendo oración y penitencia en una gruta. En este tiempo experimentó a Dios de un modo muy especial.

5. Sólo en Él la confianza

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Va a Barcelona a fin de embarcarse a Tierra Santa. No quiere llevar para el camino más que “caridad, fe y esperanza”. Por eso quiere ir “no solamente solo mas sin ninguna provisión”. Iñigo marchará a Tierra Santa porque "deseaba quedarse en la tierra de su Señor". Allí, debido al conflicto con los turcos, le niegan la autorización para quedarse y debe volver a Europa. En el viaje de regreso, pensando qué debía hacer, sólo se da cuenta de que para ayudar a los demás se debía preparar mejor y estudiar. Con la idea de los estudios vuelve a Barcelona en el año 1524. Después de pasar por Alcalá y Salamanca, al ver que le imponen limitaciones para ayudar a las personas espiritualmente, decide trasladarse a París.

6. Amigos en el Señor

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Llega a París en 1528. Allí se dedica al estudio con mayor paz y concentración y hace un apostolado más organizado con los Ejercicios Espirituales. La práctica de estos ejercicios mueve a algunos estudiantes a abrazar un estilo de vida de pobreza y humildad y así forma un grupo de “amigos en el Señor”. Uno de estos compañeros, Diego Laínez, explica cómo vivían esta amistad: “convivencia frecuente, oración compartida, búsqueda de la voluntad de Dios, de vez en cuando comidas y distracción en común…” Entre ellos estaba el beato Pedro Fabro, el único sacerdote del grupo, y san Francisco Javier. El 7 de agosto de 1534 se consagran a Dios en Montmartre y prometen ir a Tierra Santa. Con una condición: de no ser posible la peregrinación, se pondrían a disposición del Papa para que él los envíe a los lugares más necesitados.

7. Una misión cumplida

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En 1537 se reunieron los compañeros en Venecia, esperando poder viajar a Tierra Santa. Trabajaban en hospitales y daban catequesis a los niños en las plazas. Pero antes del eventual embarque, el 24 de junio de 1537, se ordenaron los compañeros que no eran sacerdotes. Por dificultades de la guerra con los turcos, se hace imposible ir a Tierra Santa, entonces parten hacia Roma. Estando a pocos kilómetros de Roma, Ignacio tendrá una experiencia espiritual que será fundamental para todos los compañeros: “Y estando un día pocas millas antes de llegar a Roma en una iglesia y haciendo oración en ella, sintió tal mudanza en su ánima y vio tan claro que Dios Padre le ponía con Cristo su Hijo, que no tendría ánimo de dudar de esto… y oyó que el mismo Señor y Redentor le decía: ‘Yo os seré propicio en Roma’ ”. En noviembre de 1538 Ignacio y sus compañeros se presentan al Papa para que les envíe a lugares en donde haya necesidades urgentes. Y empieza la dispersión. Pero ¿qué hacer con el grupo de amigos en el Señor? Después de largas deliberaciones, para escuchar conjuntamente al Espíritu, deciden que no pueden deshacer la unión hecha por Dios. Así pues, aunque separados, deberán vivir una profunda unión de espíritus y de colaboración apostólica. Y así nace la Compañía de Jesús, una orden religiosa de nuevo cuño, toda ella concebida desde las necesidades del servicio apostólico. Desde 1541 hasta su muerte, Ignacio se encuentra planamente ocupado en la tarea de dirección, como Superior General de la Compañía de Jesús. Ignacio muere el 31 de julio de 1556.

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