Queridos amigas y amigos:
Como Iglesia vamos caminando en este tiempo de Pascua y vamos preparando nuestro corazón para la fiesta del Espíritu Santo, la fiesta Pentecostés.
Para el mundo judío, la fiesta de Pentecostés, era la fiesta de la siega y también la fiesta de la renovación de la Alianza, en la que se hacía memoria del acontecimiento del Sinaí. Se celebraba así el día en el que Diospropuso a Israel que se convirtiera en el pueblo de su propiedad de entre todos los pueblos.
En el Nuevo Pentecostés, la pequeña comunidad, formada por los apóstoles, algunas mujeres y María la madre del Señor, sorpresivamente se llenó del Espíritu Santo. Se experimentaron, como fruto de la Pascua, inundados por el Espíritu que Jesús les había prometido, se llenaron de valor para dar a luz el primer anuncio público de Jesucristo muerto y resucitado.
Al recibir el Espíritu, aquella comunidad se constituyó en el Nuevo Pueblo de Dios, cuya vocación a la santidad y a la universalidad la impulsaba a tender puentes, para que el anuncio de la salvación llegara a todas las personas, sin excepción.
Podemos animarnos a hacerle lugar de un modo nuevo al Espíritu del Señor, para no quedarnos circunscriptos a horizontes limitados o predeterminados. Así como la Iglesia naciente habló en lenguas -porque el Mensaje estaba destinado a todos los pueblos-, también nosotros podemos ponernos a tiro del Espíritu para que, en distintos lenguajes, nuestra palabra y nuestro testimonio sean un eco de las palabras de Cristo, y para que quienes nos oigan presten oído al Evangelio.
Marcelo Amaro, s.j.